Encuentro Moctezuma-Cortés: el día en que la Historia del Mundo cambió. Por: Tecuhzoma Teutlahua

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8 de Noviembre de 1519, día que el invasor Hernán Cortés (a la cabeza de sus sanguinarias y engrosadas huestes conformadas por cientos de españoles y miles de tlaxcaltecas), hizo su entrada en la esplendorosa México-Tenochtitlan. El “Ue Tlatoani” de la ciudad, Motecuhzoma Xocoyotzin (Moctezuma II) sin sesgo de cobardía y haciendo ostentación de su honorabilidad y diplomacia se ofreció a la vista de sus enemigos haciéndose rodear de un fausto y de una elegancia a la altura de cualquier otro Gran Señor y Soberano del mundo hasta entonces conocido, pues se dice en las crónicas de aquel negro día, que Moctezuma de sereno semblante y erguido con galantería recibió a los indignos de él y malolientes detractores suyos, revestido en una gloria equiparable a los recibimientos de etiqueta del mismísimo “Rey Sol” Luis XIV o del Gran Mongol Genghis Khan.

Era claro que la intención del legendario tlatoani mexica de recibir en su propia casa a quienes le deseaban la muerte, obedecía no a una “rendición adelantada” como intentan hacer creer los patrañeros eurocentristas que cuentan la historia a su conveniencia, sino a las añejas tradiciones anahuacas de no iniciar conflicto alguno sin antes MIRAR DE FRENTE los ojos del adversario y ahí mismo cara a cara, como nobles guerreros declararse sus afrentas o detener la guerra a cambio de una paz negociada, una diplomacia y usanza entre los honorables Señores Anahuacas que ningún barbárico europeo del siglo XVI entendería y ciertamente el intrigoso y desleal Hernán Cortés no fue la excepción a la regla, pues dicho sea de paso, el Extremeño nunca luchó una batalla con él mismo por delante sino siempre al cobijo y detrás de las anchas líneas de sus engañados soldados.

Para aquel día apertura del mes anahuaca de Tepeilhuitl, Moctezuma superaba los 50 años de edad, seguía siendo un hombre en plenitud física y su alto nivel de conciencia y madurez mental estaba exenta de cualquier sospecha, pues su gran sapiencia había sido manifiesta durante las ya casi dos décadas en las que llevaba ocupando dignamente el Alto cargo de Tlatoani (la Voz de todos) que el “Tlatocanecentlaliliztli” (Consejo Supremo) le había conferido a él, Xocoyotzin, por encima de cualquier otro aspirante, precisamente por ser destacado y valiente guerrero y un hombre de “prudentes palabras”.

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Así pues, lo que Cortés tuvo frente a sus ojos aquel día que entró a la excelsa capital azteca, fue a un hombre que le opacó en todo sentido, pues Moctezuma lucía a los ojos de los españoles como un hombre-astro o una ensoñación divina, como un monumento vivo de piel dorada y elevada estatura, de carnes esbeltas y músculos firmes, de fisonomía seria y grácil, lleno de nobleza y con un rostro recio pero atemperado de bondad. Tal fue el impacto y fascinación que Moctezuma produjo en las mentes españolas, que les pareció estar ante la viva imagen encarnada en un cuerpo moreno del “Nuevo Mundo” de un prístino santo de la antigüedad o del mejor de los apóstoles de ellos los católicos, no siendo gratuito el apodo de “Santozoma” que a la postre los españoles dieran al tlatoani a quien con solo con verle por primera vez, hizo que se le borraran a Cortés las intenciones de matarle como un enemigo más y sí en cambio, aceptar el ofrecimiento de ser su huésped y encerrarse en el Palacio de Axacayatl para en serenidad pactar la paz y ver salir de ahí una posible alianza entre reinos de ultramar en lugar de la guerra genocida que terminó desatándose al final, auspiciada por los celosos tlaxcaltecas, los eternos bárbaros del Anahuac quienes apoyados por el troglodita Pedro de Alvarado alejaron a Cortes de su “vana” idea de ser amigo de Moctezuma a quien como un “Judas” de la tradición católica terminó traicionando luego de estrechar su mano aquel 8 de noviembre del 1519, una decisión digna de un hombre sin honor que solo podía esperarse de un romanizado colonizador, y que cambiaría para mal el curso de LA HISTORIA MUNDIAL, pues de haber continuado Cortés con la humanitaria y sabia invitación de Moctezuma a formar honestos lazos de cooperación entre la corona española y la mexicana, entre el mundo de Anahuac y el de Europa, el MUNDO ENTERO (y no solo ellos dos) hubiese avanzado a pasos agigantados en todos los aspectos, desde lo científico hasta lo moral, en lugar de haberse sumido por siglos en el estancamiento de la barbarie imperialista y la ignominia moral que hoy día es conocida (y padecida) por todos sin importar la latitud.

La estrategia y diplomacia de recibir a sus enemigos y mostrarse con entereza y en su máxima gloria tuvo lo efectos deseados por Moctezuma, pues sus modos de gran señor cautivaron irremediablemente a los mendaces españoles (que no así a los envidiosos tlaxcaltecas) quienes ambiciosos por ser más pobres que un perro y más viles que una raíz seca, se vieron rendidos por los finos anfitriones aztecas y mandaron detener la guerra de inmediato, tomando muy en serio la invitación del señor mexica a platicar durante los siguientes días para intentar cambiar la guerra por un PACTO HUMANITARIO por el bien del futuro de propios y ajenos. Fue entonces que los españoles completamente “hechizados” se dejaron a sí mismos desprotegidos y fueron conducidos hasta el Palacio que Moctezuma había previamente dispuesto para alojarlos en caso de que la primera parte de su plan de pacificación resultara exitosa (como así fue). Cuando volvieron a verse más tarde el mismo día, Moctezuma mando a traer canastillos de hermosas flores para adornar la estancia de sus “invitados” y los reconforto con regalos casi de todos de oro (muy bien trabajados por cierto) y mandando a un sirviente del palacio a colocar en el pecho de Cortés un collar en especial entre todos (con un símbolo no explicado a la fecha) también de oro, le dijo al español según recogen las fuentes:

“Aceptaos mis presentes, sé que les traerán sosiego… Y pues estáis en vuestra naturaleza y en vuestra casa, holgad y descansad del trabajo del camino y guerras que habéis tenido, que muy bien sé todos los que se vos han ofrecido de Puntunchán acá, y bien sé que los de Cempoal y de Tascaltecal os han dicho muchos males de mí. No creáis más de lo que por vuestros ojos veredes, en especial de aquellos que son mis enemigos, y algunos de ellos eran mis vasallos y hánseme rebelado con vuestra venida, y por se favorecer con vos lo dicen”.

Frase más oportuna y certera para apuntillar aquel estratagema de “confiables anfitriones” por parte del gobernante mexica no pudo haber, y la significancia del collar elaborado especialmente para Cortés, fue una magistral maniobra para convencerle de tajo que era mejor para el mismo, ser “el eterno huésped de Moctezuma”, haciéndole sentir con astucia cada vez más, que solo estaría a salvo mientras estuviera en Tenochtitlan y no deseara escapar de su “blanca prisión” (trampa) en la que se había metido él solo

La idea de obsequiar y colocar a la altura del pecho de Cortés un collar de únicamente oro con un medallon con un glifo grabado de un caracol (corazón) fue pensada por el propio Moctezuma para hacerle llegar a su “huésped” un mensaje en clave que solo él entre los españoles podría entender, pues según se cuenta, llego a oídos del Ue Tlatoani el relato de que en alguna ocasión el Capitán español, al no poder convencer con su acostumbrada verborrea y labia a los totonacas que se le unieron para que le entregaran un botín con sagrados “Ídolos en oro” que habían saqueado las tropas suyas ondeantes de la “Bandera (Pantli) del Espíritu Santo” en una de las tantas ciudades que asaltaron antes de llegar a Tenochtitlan, el invasor de Castilla les dijó a sus aliados de estas tierras que necesitaba de esas figuras de oro, porque “él  padecía de una mortal enfermedad que le afectaba el corazón y que solo se curaba consumiendo el polvo del oro”, algo que desde luego era un desvergonzado y patético recurso para convencer y conmover (a falta de argumentos) a sus incautos aliados indios de entregarle sin objeciones y de buena fe todo el oro que consiguieran de ahí en adelante.

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Desde luego, esta artimaña de bajo talante de su “supuesta enfermedad que se curaba solo con oro” le funcionó muy bien a Cortés con la gente ordinaria e inculta que se le unió, mas no con los sabios y doctos Señores mexicas, quienes con el inteligente Moctezuma a la cabeza le hicieron entender sin necesidad de armas y con un simple Collar de oro al “Capitán español” (mismo que como ya hemos comentado le fue puesto a la altura del pecho en presencia del tlatoani), que estando con ellos “por las buenas” tendría toda “la medicina” que necesitara, es decir, tendría el brillo del oro rebotando en su pupila día y noche.

Si lo repensamos bien, aquello era una baratija que Moctezuma estaba dispuesto a pagar (pues oro había mucho y no tenía valor monetario para los aztecas) y su plan marchaba en el sentido de rendir psicológicamente a Cortés y ver como éste “amigo español” del anciano nigromante Xicotencatl rival jurado de los mexicas, terminaría atado mentalmente, embelesado con oro, manjares y placeres en su nueva morada blanca a mitad del Lago de Texcoco y cuidado por su nuevo amigo “casi hermano” Moctezuma que había “prometido” cuidar de él (pero no de una forma distinta, sino como al igual que los deformes y personas maltrechas física y mentalmente que el tlatoani acostumbraba cuidar en sus jardines del palacio).

Lo que nunca se ha entendido es que Moctezuma antes de luchar la guerra física y armada dio POR AMOR AL ANAHUAC Y TODOS SUS PUEBLOS, la oportunidad de antes librar una guerra psicológica donde ningún reino resultaría exterminado. Su mayor victoria consistiría en ver como el altivo Cortes, paulatinamente era adormecido y vistos doblegados sus bríos por sus “hospitalarios anfitriones tenochcas” que le darían sin carga ni esfuerzo, los lujos que su miserable cuna castellana nunca le dio, haciéndole cambiar por trozos de “dorado metal mexica” a sus antiguos y jurados aliados al otro lado del volcán Xalliqueuhac (nombre original del Popocatepetl) y muy posiblemente también con el paso del tiempo hacerle romper con aquellas lealtades que le esperaban en tierras europeas más allá del Hueyatl (como se llama en náhuatl al actual Golfo de México); sofocando así en definitiva, con inteligencia y sin necesidad de alaridos ni tambores, la guerra genocida, final y sangrienta que los tlaxcaltecas añoraban y azuzaban noche y día a los oídos del avaricioso pero corto de mente Cortés, pues aunque el Capitán español era un esclavo de su sed insaciable de oro (que si en algo no mintió era en que estaba enfermo, pero no solo del corazón sino también de la mente) declaró en sus memorias que NUNCA QUISO DESTRUIR la hermosa Tenochtitlan y se arrepintió al final de su vida de “haber borrado cosa tan bella y única de la faz de la tierra”, tanto es así, que incluso en su delirio y nostalgia llego a culpar cobardemente al heroico Cuauhtémoc de no dejarle otra opción que la de incendiar y bombardear la capital azteca hasta su rendición, pues Cortés según palabras propias se contentaba con que Moctezuma fuera un tributario del rey Vaticano y que aceptara difundir en sus tierras la religión católica (algo que estaba precisamente negociando con el tlatoani, quien a su vez imponía ciertas condiciones a favor hasta ahora desconocidas).

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En cambio, los agregados indios en los ejércitos del Capitán desde el inicio de la infame alianza no tuvieron en su cabeza otro objetivo, que el de ver destruida y envuelta en llamas a la “Nueva Tollan” de México Tenochtitlan que desde su fundación en el profético año del 1325, despertó tanta rivalidad y envidia entre los “teochichimecas (tlaxcaltecas)” quienes como cuenta la historia, terminaron expulsados del valle central por allá del año 1350 y tuvieron que conformarse con poblar los valles de Tlaxcala, al ser repudiados por los toltecas-texcocanos (descendientes del mítico líder Xolotl) en los tiempos del rey Quinantzin, por considerarlos éste último no con pocas razones y fundamentos, como algo menos que un pueblo de salvajes idolatras y hechiceros que no tenían derecho a poblar junto a ellos a orillas del lago más sagrado del Anahuac.

Retornando a lo sucedido el 8 de noviembre de 1519, en las semanas subsecuentes a aquel día histórico para todo el planeta, de cuando Cortés conoció en persona al gran Moctezuma, ambos tremendos personajes durante días enteros se sentaron y entablaron (por medio de doña Marina, conocida inapropiadamente como la Malinche) graves y serias conferencias acompañados de sus respectivos séquitos quienes dicho sea de paso, tanto del lado mexicano como del español permanecieron todo el tiempo de pie en un respetuoso silencio mientras eran Moctezuma y Cortés los que hablaban sentados uno frente al otro. Se dice que el tlatoani azteca interrogó afanosamente al líder de los españoles y le lanzó a su interlocutor unas preguntas que para él era una gran cuestión: “¿de dónde venían ellos realmente?”, “¿Quién era su rey y sobre todo por qué habían venido al Anahuac con tanta prisa?”, preguntas a las que Cortés respondió puntualmente diciendo al solemne señor tenochca que motivaba su expedición por el deseo de “ver con sus propios ojos a un monarca tan distinguido” y de “hacerle conocer la religión católica” que a palabras del español era la única y verdadera. Moctezuma se complació de la sinceridad de su huésped (pues sabía de antemano las respuestas) y luego de hacer otra serie de preguntas minuciosas y al ver que Cortes contestaba certeramente, al final hizo traer ricos regalos para todos.

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De ese modo, Cortés permaneció gustoso y confiado en la hermosa ciudad de nuestros ancestros, pues no estaba en calidad de combatiente, sino de “EMBAJADOR DE OTRO REINO” y como tal, según la tradición anahuaca, debía ser respetado y atendido con la mejor de las calidades (en el México Antiguo se tenía por pueblos atrasados a aquellos que trataban mal o mataban in sitú a los emisarios de otro rey que llegaban a dar un mensaje ya sea de guerra o de paz), así que NO RESULTA EXTRAÑO NI FUERA DE CONTEXTO como intentan deshonestamente hacerlo pasar los patrañeros eurocentristas, el hecho de que Moctezuma como “voz y mando” permitiera a Cortés junto a sus hombres más cercanos ingresar a la ciudad, mismos a quienes durante su estancia en el palacio de Axayacatl (padre de Moctezuma) nada les faltó y se les trató con decoro en todo momento (aquí cabe señalar que varios jefes cempoaltecas y tlaxcaltecas no quisieron entrar a la ciudad y prefirieron quedarse afuera en las calzadas, argumentando que no querían exponerse a la furia de Moctezuma). Es aquí, cuando insidiosamente las teorías difamatorias y claramente pro-europeas ponen a Cortés como un “héroe osado” y apuntan desvergonzadamente y faltos de sentido científico, a que se le trató al Capitán con respeto en sumo grado en su estancia en Tenochtitlan, porque los aztecas los “consideraban a él y a los suyos como dioses” algo que ya hemos desmentido cabalmente con argumentos sólidos en anteriores publicaciones, pero que sienta muy bien ahora, ahondarlos y afianzarlos con este par de nuevos datos que a continuación presentamos y con los cuales cerramos esta publicación que consideramos muy oportuna a decir por el día que rememoramos:

1) Al día siguiente de su recibimiento en Tenochtitlan, Cortés pidió poder presentarse ante Moctezuma lo cual le fue concedido, y aseado luego de semanas de no hacerlo, se trasladó escoltado por soldados mexicas hasta el palacio del Tlatocan donde se hallaba el tlatoani. La intención era que se le diera audiencia para dar un largo discurso (que dicen hizo dormir de hastió a varios dignatarios tenochcas), cuyo objetivo era convencer de una buena vez a Moctezuma de convertirse a la religión católica, haciendo lo mejor que pudo una ardua exposición de ella, valiéndose de la invocación de los misterios de la Trinidad, de la Encarnación y de la Redención, e incluso remontándose al origen del mundo de cuando Adán y Eva en el Edén y la caída del hombre. Pero cuando Cortés notó que poco a poco comenzaba a ser tomado por un tonto por los sabios ancianos mexicas ahí presentes, subió el nivel de sus palabras y aseguró casi demencialmente que todos esos “monumentos monstruosos en piedra” que adornaban el palacio, no eran más que disfraces con los que se encubría Satanás y que el culto a ellos (a su ciencia) sumergiría a Moctezuma y a su gente en la perdición de sus almas (algo que al final si paso fue el martirio de todos estos sabios, pero no por culpa de un demonio imaginario llamado Satanás sino por culpa de la maldad y avaricia de los hombres enfermos de oro). Finalmente, cuando Cortés concluyó su penosa intervención, Moctezuma no se burló de él y lo escuchó con atención hasta el final y sin interrumpir una sola vez la arenga fanática del jefe español, se levantó serenamente de su asiento y le respondió brevemente a Cortes que NO DUDABA que el dios de los españoles fuera un dios bueno, pero le hacía saber que el de TENOCHTITLAN TAMBIEN ERA UN DIOS IGUALMENTE BUENO y antes de hacer retirar a su visita de la sala, (sin aceptar la invitación a convertirse) el tlatoani le confesó a Cortés que todo lo que había dicho durante su extenuante discurso acerca de los preceptos de la “Caridad y la Misericordia” de su religión extranjera, se parecía mucho a lo que en su infancia se le había enseñado a el mismo a través de sus maestros del templo (Calmecac).

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2) Semanas después de la arenga católica en el palacio del Tlatocan, Moctezuma invitó a Cortés al santuario donde se adoraba a todas las Astralidades y Señores celestes de los mexicas, explicándole que esos “ídolos” que él había confundido con los disfraces del enemigo de su dios (Satanas), “no representaban ningún peligro, pues contenían todo el saber atesorado por los aztecas desde el origen de su nación, y que describían los momentos propicios para cultivar y recolectar, de la marcha y secretos del tiempo”, pero Cortés indiferente a todo ello como hombre vulgar de su época que desconocía todo en cuanto a ciencia, le dijo a Moctezuma que “si permitiera que en ese templo se erigiera la Cruz católica y que se colocasen las imágenes de los santos, de la Virgen y de su hijo divino, vería entonces que sus ídolos demoniacos huirían de Tenochtitlan”, a lo que el tlatoani con visible enfado le contestó que “si hubiera podido saber antes que faltaría de ese modo de respeto a sus creencias plasmadas en la piedra, no le hubiera permitido llegar hasta su presencia”.

3) Hasta entonces, Moctezuma respetuoso de la tradición hospitalaria de su cultura para con los embajadores y apegado a su plan trazado para quebrantar la alianza militar de Cortés (y su poderoso rey de ultramar) para con los repudiados tlaxcaltecas y cempoltecas, había sido en extremo afable con los españoles y gustaba de conversar con los frailes de ellos acerca de muy variados temas filosóficos, se dice incluso, que el tlatoani se daba la oportunidad de jugar los juegos de cartas con los soldados españoles en partidas donde él azteca siempre salía victorioso dando muestra de su magnificencia. Pero tras los constantes arrebatos hostiles de la gentuza que acompañaba a Cortés para con los empleados de los templos y las faltas de respeto mostradas por estos visitantes hacia la cultura y religión de la ciudad, de a poco, Moctezuma fue desengañándose de que no tenía sentido alguno intentar negociar o esperar algo bueno de aquellos bárbaros incorregibles y ya preparaba en consecuencia junto a su hermano el príncipe Cuitlahua el plan de la inevitable guerra, mismo que plan que el Tlatocan (Consejo) aprobó.

4) Días antes de la artera y cobarde maniobra donde Cortés y sus hombres secuestraron a traición al tlatoani, atrincherándose junto con él, en el mismo lugar sede de las conferencias entre españoles y mexicanos (Palacio de Axayacatl), en los últimos actos diplomáticos, Moctezuma había mandado a traer a Cortés ante su presencia y le expreso que estaba convencido de que eran obvias e insalvables las diferencias entre su cultura tenochca y la de ellos, dejando en claro que ya nada se podía hacer y en graves palabras recogidas de las fuentes, le dijo: “No os queda otra salvación que la retirada, volveos al país de donde venís, solo a este precio podéis salvaros”, a lo que Cortés con su característica sangre fría y palabra sin valor, le contestó que SI ESTABA DE ACUERDO en aceptar ese ofrecimiento de volver a su país a cambio de salir con vida del Anahuac, pero que necesitaba navíos para lograrlo, pues había desmantelado los suyos recién desembarco en las costas de Chalchicueyecan (actual Veracruz). Como es sabido, Cortés no respeto su palabra y tan solo se trató de un espejismo para ganar tiempo y poder fraguar la traición a este último gesto de misericordia de parte de Moctezuma, muy a pesar de que éste último, le ofreció los materiales y hombres para poder construir sus barcos, mientras tanto como muestra de “buena voluntad” a los enviados del poderoso señor asentado allá en el “Viejo Mundo”, se le dijó a Cortés que él y sus hombres podrían seguir alojados en el Palacio de Axayacatl mientras duraran los trabajos de construcción de sus naves, para así evitarles la penda de estar a merced de la furia los vengativos tlaxcaltecas, que muy seguramente estarían encolerizados al enterarse de su deserción. Fue entonces que el desestimable Cortés pidió hablar una vez mas con Moctezuma en privada conferencia en el palacio y fue ahí cuando perpetro su cometido de capturarlo, poniendo así el último clavo al ataúd de la malograda fraternidad.

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Finalmente, no nos queda más que aprender de los errores del pasado y dar honor y gratitud a quien honor y gratitud merece, pues mientras Cortés representaba esa opción del mundo, sombría y rapaz, el Gran Tlatoani Motecuhzoma Xocoyotzin apostaba por un PORVENIR ESPLENDOROSO ENTRE DOS MUNDOS, por un mundo que optara por la sabia comprensión entre civilizaciones y respeto mutuo antes de la guerra, por un mundo donde el oro no fuera entendido como un medicamento para los “corazones de los hombres” y si en cambio la palabra florida y los cantos.

Moctezuma fue un idealista adelantado a su tiempo, un humanista en toda la extensión de la palabra, un santo guerrero (como lo llamaron sus propios detractores) y cuyo peor error fue AMAR DEMASIADO a su sangre y raza intentándola librar de una guerra exterminadora y brutal, aun cuando de entre esta raza morena, hubo corazones pequeños y reyes traidores que nunca entendieron que la grandeza y el derecho a vivir en la GRAN TOLLAN no se alcanza a base de conjuros y guerras, sino a través de las artes, la ciencia y la fe.

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A los americanos y europeos de hoy, nos queda la deuda de enmendar la trágica relación en que resultó el encuentro de NUESTRO Moctezuma y SU Hernán Cortés, de nuestros “Quetzalcóatl” y sus “Cristos”. En intentar recuperar de entre los escombros del colonialismo y la intolerancia fanática, la posibilidad futura de una HUMANIDAD UNIDA Y ESPLENDOROSA que por obra de “Satanás” o de la IGNORANCIA se negó a nacer en aquel lejano (pero siempre presente) día del 8 de noviembre de 1519. El “Señor Tiempo” dirá…

***

“A la gloria de esa antigua sociedad de grandes poetas, matemáticos, filósofos y guerreros que añoraban una vida entre Flores y Cantos y una muerte al filo de la obsidiana”

Texto original:

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